Porque también mi infancia recuerda el limonero
y el salto de las fuentes entre esmaltes azules,
y el patio ensangrentado de rosa y buganvilla
con friso de arrayanes que la acequia desflora.
Aun lejos, hoy el pueblo se agosta en su blancura,
abiertos los zaguanes al cálido sesteo;
la brisa de la jara y el junco me acompañan
quebrados suavemente bajo un cielo sin límites.
El batir de la vela dulcifica el viaje,
filtra el viento salado que despliega la algaida.
Tras la reja invisible el naranjo se agolpa
en hileras alegres de azahares y juegos.
Adiós, fieros magnolios y alamedas celestes,
y barquillas que amainan tras la pesca en el puerto;
adiós, mi río grande, y surcos de la Vega;
adiós, mares de espuma, balcón de eternidades.
Porque es el Sur mi patria, mi madre y mi pañuelo,
quisiera acariciarlo con mi palabra sola,
borrarle las heridas, cicatrizar su bruma
y detener el viaje que de su voz me aleja.
Elena Marqués (Sevilla)
Publicado en la revista Aldaba 25
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