martes, 22 de julio de 2014

RESQUICIOS


Finalmente había conseguido todo cuanto se había propuesto. Tirada por undécima vez en el frio suelo, sangrando, fui plenamente consciente de lo cerca que me rondaba la muerte. Apenas recordaba ya a aquel muchacho que me expresaba su amor de todas las maneras y formas posibles, llegándome a avasallar. Los golpes no cesaban, pero el dolor ya formaba parte de mi existencia, como un macabro destino fallido en el que las penumbras no dejaban de acosarme noche y día. Solo hizo falta un segundo de debilidad en su mirada, relajada tras pegarme sin tregua por el simple hecho de no amarle, el tiempo justo para sacar fuerzas de mis últimos alientos. Traté de levantarme de espaldas, de manera lenta y cuidadosa, entre mis manos unas largas tijeras, con un solo movimiento las escondí en mi vientre, dolorido y amoratado. Ya sabía de memoria cuál era su siguiente paso. Las lágrimas de cocodrilo, las excusas, las suplicas de perdón. Y como no, el susodicho te amo del final, como colofón a su placer mientras me pegaba. Empieza el show. Me aparta el pelo empapado en sangre de la cara, pero nota algo en mi mirada. Su discurso cambia. Por primera vez sé sin lugar a dudas que uno de los dos no saldrá andando de aquel maldito piso. Ya no habría más cadenas para mí, ni excusas para él.
-¿Ves lo que me has obligado a hacer?- sus ojos siguen llenos de ira, esperaban lágrimas de mi parte, pero esta noche no.
- en el fondo, me das tanto asco que sé que toda la sangre que me has hecho perder a base de ostias es porque no tienes huevos de ser “hombre” de otra manera…-
- No me provoques, estúpida cerda. Creías que no acabaría dándome cuenta de que te tiras a otros…
-Eres tan ignorante que a pesar de saber que tú mismo me has provocado que estas paredes sean mi prisión particular sigues teniendo miedo, porque no eres nada, tan solo un idiota con los puños cerrados.
La sangre de sus ojos y la hinchazón de la vena de su repulsivo cuello vuelven a hincharse, sé lo que se avecina de nuevo. Levanta el puño hacia mí, pero en apenas unos segundos centro todas mis fuerzas entre mis manos y clavo las tijeras en su pecho. Su expresión se vuelve vacía, se desploma bruscamente hacia atrás. Aún con su negro corazón latiendo no puede creerse que haya tenido el valor de defenderme, leo en su mirada que sabe que en esta ocasión ha perdido la batalla. Jamás volverá a tocarme, se acabaron las noches de lágrimas, dolor y terror… sus últimas bocanadas de aire expulsan sangre, se acerca su final, y quiero mirarle a los ojos cuando llegue. He perdido muchas batallas, pero la guerra ha sido solo mía. (…)

 ANA LAFONT
Seleccionado por Martín Molina García


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