Madre, chinelas y salto de cama vaporoso, estilo antigua película de Hollywood, ante una suerte de altar casero. En él, al centro, enorme cartel tipo publicitario a color de una muchacha excesivamente sonriente, vestida en forma llamativa; se nota en la imagen que ha pasado por varias cirugías (posiblemente para respingar nariz, aumentar labios y busto; a criterio de dirección) y que el cabello originalmente oscuro está teñido de plateado. Lo rodean antiguas fotografías de Jean Harlow. Alrededor, sobre mesa, ramillete de flores, algunos maquillajes tipo ofrenda y profusión de velas que madre va encendiendo mientras habla al afiche de la joven.
MADRE:
(Le señala las fotos de Jean Harlow.) Abuelita la admiraba, tenía fotografías cortadas de revistas que eran viejas antes de nacer yo; sabía anécdotas que ni Wikipedia registra. ¡Sus películas! Nunca las ví… (Palmea el cartel, como a un bebé con berrinches.) ¡Sin enojarte! Sabes todo, pero me gusta repetírtelo. (Con una caricia.) Que aunque no pude anotarte como Jean, te llamé siempre Baby. Como a ella su mamá. (Melancólicamente divertida, con mímica de acercarse con una jarra de agua.) ¡Que berrinches hacías al enjuagarte el pelo con manzanilla, para aclararlo! (Pasa un dedo, orgullosa, por la cabellera del cartel.) hasta que a los once años encontramos un peluquero que se animó a platinarte. (Le acentúa con pintura los labios al cartel. Breve pausa, admirándola.) Talleres de actuación, baile, patín, castings, de todo me ocupé. (Le agrega maquillaje a los párpados. Besándola, enojada.) Aunque la estúpida prensa criticó tus trabajos, (Vira bruscamente a la admiración.) el público se enamoró; en especial (Tratan-do de contagiarle su mística exaltación.) por tu imagen de fuerte, poderosa, intocable. (Prende la última vela. Didác-ticamente amorosa, echándole en cara y al mismo tiempo consolando a la imagen.) Por eso, mi chiquita, nunca debiste tener pareja, arruinábamos todo si se sabía. Por eso nos era imposible denunciarlo como golpeador. Por eso, igual que a la Harlow, te fallaron finalmente los riñones. (Disculpándose.) Siento que no me permitieran embal-samarte, todas las temporadas te hubiese cambiado la vestimenta. (Saca de un bolsillo del salto de cama cabello platinado, unido con un lazo. Con una chinche o una cinta adhesiva, lo cuelga sobre el costado de la cabeza del cuadro, como un bucle.) Pero guardo un mechón (También de otro bolsillo, extrae accesorios para el pelo y va adornándolo.) para ponerle hebillas, flores, adornos pavos, mientras repito la historia que tan bien conoces. (Exta-siada, mira su obra.) ¡Feliz cumpleaños, Jean, my baby! ¡Felices eternamente, mientras yo viva! ¡Feliz…!
Madre sopla las velas. Al apagarse todas, se cortan también las luces del escenario, incluidas las que iluminaban a la actriz. Queda sólo un spot sobre el cartel pintarrajeado y con el colgajo de cabello adherido, lleno de adornos ridículos.
Clara Carrera (Argentina)
Publcado en Los Cuadernos de las Gaviotas
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