lunes, 7 de noviembre de 2016

SALAZONES PARA UN FUTURO INCIERTO


En realidad, después del holocausto caníbal del 89 nada varió. Disminuyó la población en igual medida que cosechas y tierras cultivables. Incluso en el interior del valle, algo inesperado. Pero la contaminación vuela por el aire y no conoce distancias...
—Entonces ¿qué hacemos con el niño? —Su mirada transmitía determinación.
...y tras el desastre decidimos atrincherarnos y ocultarnos en el valle, al igual que ya hiciera nuestro pueblo en el s. XVII o el XXII. Volaron los puentes de la garganta y fortificaron las alturas. De nada sirvió, y el Consejo no logró restablecer el equilibrio entre recursos y demografía. Los últimos animales desaparecieron o murieron...
—No hay muchas opciones, ¿verdad? —contesté sin contestar.
...y aunque los más nos vimos obligados al veganismo extremo, quienes gozaban de ciudadanía y posición comenzaron a comerse a los esclavos. Lo repudiaba la moral...
—O la frontera o la cazuela — respondió con una rima macabra.
...pero lo aprobaba la necesidad y el hambre; las leyes de la nación fueron modificadas. Nosotros teníamos ciudadanía, pero ni posición ni esclavos, y no hubo desde entonces más carne que llevarse a la boca. Sí teníamos dos hijos, chica y chico...
—Te oigo y no te reconozco —dije con las lágrimas asomadas a los párpados.
...que día a día perdían la vida por inanición y avitaminosis. Así las cosas, las leyes de varón único vinieron a complicarnos aún más la supervivencia. Sólo un varón por núcleo familiar; los restantes servirían para la defensa de la frontera o para cubrir las necesidades alimenticias del resto de la
población. No fue una decisión fácil...
—De todos modos morirá. Podría darnos la vida en vez de perderse en el frente.
...pero había que elegir. Y la elección era mía. Así que aquella noche tomé el cuchillo grande de la cocina y con gran sigilo, procurando ahorrarle dolor y sufrimiento, degollé de un tajo limpio a mi marido. La carne nos vino bien, no lo negaré, y los niños aprendieron a preparar salazones para un
futuro incierto.

Pablo Solares Villar (España)
Publicado en la revista digital Minatura 151

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