jueves, 3 de noviembre de 2016

HAMELÍN


Recorren el navío como una riada que todo lo ensucia. Millones de ratas.
Todo lo devoran, sin pensar, sin detenerse. Se amontonan unas encima de otras, mordiéndose, empujadas por el egoísmo. Ya nada queda en la bodega, el fuego ocupa lo que el mar deja, y el último trozo que llevarse a sus hambrientos estómagos es mera ficción. Se comen entre ellas, y eso las hace más terribles. Algunas caen al agua y mueren ahogadas. Muerden la madera, y el casco del navío sufre por ello.
El hombre se agita debajo de las sábanas. Siente el miedo como compañera de cama.
Una brecha hace que el mundo escore hacia las profundidades. Ya no hay Hamelín al que seguir. Un buen día, la flauta se rompió. El pánico se apodera de ellas. Muchas mueren aplastadas, otras tantas desaparecen para siempre. Las que pueden suben a lo alto del mástil, sacrificando la poca dignidad que les queda. Desde allí la estampa es todavía más terrible.
Siente un calor asfixiante en medio de la duermevela. Quiere despertarse, pero el hombre no puede romper su descanso.
El barco se hunde, y las ratas abandonan. Pateras a la deriva sin un nuevo país al que llegar. Se aferran a los cadáveres de sus hermanos. El barco desaparece en las profundidades, un mundo agotado por el insaciable apetito de quienes lo han habitado. Finalmente, sus chillidos se apagan y, en el infinito océano, solo queda el silencio.
El hombre se despierta ahogado.
Mira a su alrededor. La noche manchada de neón hace la competencia al día. Miles de millones de personas devoran el hábitat que los cobija empeñados en sus banalidades.
Una sensación de angustia le corroe por dentro. Un billete yace en la mesita, el Hamelín de los hombres que siguen cegados por la estupidez.
Por un segundo, sólo por un segundo, se pregunta qué es lo que les diferencia de las ratas.

Marc Sabaté Clos (España)
Publicado en la revista digital Minatura 151

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