Corrían por el páramo cogidos de la mano, conscientes de que andaban tras sus pasos. La respiración
entrecortada, a lo que vino a sumarse un fuerte dolor en el vientre, indicó a la muchacha que estaba llegando al límite de sus fuerzas; no podría seguir así durante mucho más tiempo. El joven, que se había dado perfecta cuenta de ello, trató de animarla con mentiras que parecían destinadas a calmar sus propios temores.
Los dos cometieron el crimen más despreciable que imaginarse pueda, un atentado contra la especie humana que, en aquellos tiempos de superpoblación y escasez, se saldaba con la pena capital. Ninguno reparó en lo sucedido hasta que fue demasiado tarde, cuando ella, casi sin aliento, le dijo que había dejado de sangrar. Ambos aceptaron con miedo y resignación que su destino quedaba
sellado para siempre.
Las alternativas que barajaron se reducían a una sola: huir de la ciudad en mitad de la noche. Si descubrían la verdad, iban a matarlos de todos modos, así que valía la pena el intento por muy escasas que fueran sus posibilidades de supervivencia. Las alarmas saltaron en cuanto dejaron atrás la primera alambrada, y la orden tuvo que ser dada de inmediato. Las fuerzas de seguridad del Estado no tardarían en cazarlos.
El disparo rasgó como una navaja el silencio imperante, y el chico cayó muerto en el acto. Al desplomarse sobre la llanura, arrastró consigo a la embarazada. Esta, petrificada por el terror, sintió cómo las lágrimas desbordaban sus verdes ojos en una mezcla de aflicción y desconsuelo. La huida llegó a su término en el mismo instante en que ese proyectil emergió de la recámara. Todo estaba perdido... para los tres...
Embutido en el característico uniforme de combate, un oficial se plantó impasible ante su presa. Tras
apuntar con el arma, su dedo índice se flexionó hacia atrás. La bala se zambulló en su vientre, apagando para siempre la vida que latía en su interior en medio de un sufrimiento indescriptible. Ni siquiera se molestó en rematarla, sino que la dejó allí, sola, mientras su sangre y su futuro la
abandonaban sin remedio...
Israel Santamaría Canales (España)
Publicado en la revista digital Mintura 151
No hay comentarios:
Publicar un comentario