Ese día debíamos habernos besado
pero pedí otra cerveza,
al impasible camarero.
Obedeciendo a mi orgullo,
me convertí en estatua de sal
mirando como te marchabas
Algo se rompió dentro de mí
y dobló mi espalda
cuando te vi volver.
Más supe que sería la última vez
que te vería
tan cerca de mis labios.
GUILLERMO JIMÉNEZ FERNÁNDEZ -Mérida-
No hay comentarios:
Publicar un comentario