domingo, 6 de noviembre de 2016
DONDE SE HABLA DE LOS REINOS DEL NORTE
Luego de cuarenta jornadas arribamos a la región de Bargu. Todo lo que nos contó el peregrino era
cierto. Encontramos el puente de piedra negra sobre el río. Por los costados varias columnatas de
mármol sostenían un parapeto dorado para evitar que los viajeros cayeran al agua profunda. Múltiples filas de pobladores llegaban desde el norte y cruzaban por el puente. Venían hambrientos, con los costillares al aire.
Varias de las bestias de nuestra caravana tenían las patas llagadas, así que nos detuvimos en aquel sitio para reponernos del cansancio. Durante ocho días el arroyo humano nunca cesó. En la otra orilla podían contarse las interminables hileras de personas con los niños cargados sobre los hombros, de ancianos arrastrando pequeños petates, de mujeres cubriéndose del sol con las mantas.
Administraban los escasos mendrugos de sus morrales como si fueran monedas de plata.
Todos hablaban de lo mismo. Aquel próspero país de antaño estaba moribundo. Tanto crecieron sus
ciudades que la población desbordó sus muros y desparramaron por los campos. La comida escaseó, las tierras de cultivo se convirtieron en brezales.
El ganado no alcanzaba para todos y la rapiña se expandió por la provincia.
¿Y adónde piensan ir?, preguntamos.
A cualquier lugar donde la desgracia no nos persiga, respondían.
Pero micer Ragnar estaba aferrado a su verdad. Creía de fe que las simientes que llevábamos en los
viveros podían dar cosechas inmensas y salvar de la hambruna a los bargures. Cuando nuestras bestias sanaron levantamos el campamento y enrumbamos al norte. Las nutridas filas de los que huían casi no nos dejaban pasar por el puente.
Amilcar Rodríguez Cal (Cuba)
Publicado en la revista digital Minatura 151
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