Eran los templos consagrados al sol,
al gran padre dador de vida,
a cuyos rayos tremendamente poderosos,
consagraban desde muy pequeñas las niñas
nacidas en circunstancias muy especiales,
allí eran llevadas de por vida por sus propios padres,
sabedores del influjo tan negativo que poseían,
y que perjudicaba a toda la familia
y sobre todo a ellas mismas.
Eran recogidas y enseñadas
con disciplinas muy duras,
se encargaban de la protección
de todo el imperio, de sus habitantes
y de los misterios del universo,
al ser hijas del sol llevaban su energía,
por la noche recogían todo lo malo que había,
que pudiera hacer daño y lo llenaban de luz,
convirtiendo el mal en bien,
siempre eran guiadas por los sacerdotes,
que con mucho celo las custodiaban.
Eran halcones que agredían
en las grandes batallas, pues, al luchar
ellas en otro plano de conciencia,
eran muy temidas, ya que seducían
a todos los guerreros con su sangre fría,
obligando al enemigo a su rendición,
pues les bloqueaban sus diferentes
puntos de energía.
y los derrotaban,
la victoria de los atlantes siempre era
sobre los demás pueblos,
eran temidos por su magia,
eran los dueños de la tierra.
En uno de esos templos un día
llegaron los dioses de las estrellas,
querían ayudar a todo el planeta,
nosotros fuimos escogidos por ellos,
sabían de nuestra existencia
por medio de nosotras las sacerdotisas de Kumm,
ya que volábamos por lugares
de difíciles accesos lunares,
pues nuestros magos siempre
querían estudiar los secretos del cosmos,
y al vernos tanto por allí
decidieron guiarnos a todos,
hacia estados de conciencia más elevados,
donde todos avanzáramos en el sendero de la sabiduría,
dándonos el poder de elevar a otros,
para que todos formáramos ese centro de luz
llamado “la gran fraternidad”,
A partir de ahí,
a través de milenios,
el sol es el símbolo de la gran familia
al cual todos pertenecemos,
es la luz que irradia desde el mismo
centro cósmico del universo,
donde habita el rey de todos nosotros,
quien da vida y amor a todas las diferentes
criaturas que lo habitan,
todos los caminos van a él,
cada ser humano lleva el suyo
y lo anda, y si cree no es así,
es que no ha roto la gran separatividad,
cuando lo hace al final de su sendero.
lo ve perfectamente,
sabe que todo es amor,
que todos somos hermanos,
no hay distinción de razas, ni credos,
somos todos un gran corazón
que late en el universo,
¡viva el rey del mundo¡
“démosle todos, nuestro amor
y nuestro respeto”.
Del libro CUENTOS DE LA ATLÁNTIDA de
FRAN TRO -España-
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