Un día despertó, en mitad del mayor de los asombros
e inmerso en una inconmensurable confusión. Sintió
que se había vuelto loco y a punto estuvo de poner
fin a su vida, aunque advirtió que por más que lo hubiera
intentado le habría sido imposible, ya que podía ver
cuándo, cómo y dónde moriría y, por si esto fuera poco,
podía a su vez ver lo que les reservaba la vida a cuantas
personas le rodeaban, pero ello sin la facultad de cambiar nada.
Sólo podía resignarse y callar, ya que nadie lo hubiese creído.
Veía pues todo con cien años de antelación, por lo que todo se
le hizo desolador e intrascendente, especialmente las personas,
ante las cuales sentía una infinita compasión y, en especial, por los
que acababan de nacer.
Quieran las fuerzas invisibles del cosmos que, nadie sabe por qué ni
para qué, de tiempo en tiempo, y en estado de absoluta ebriedad, suelen
jugar con la especie humana y elegir a uno de sus miembros para
otorgarle esta indeseable facultad, que tú nunca seas uno de los elegidos.
Del libro ADIVINANZAS INADIVINABLES de JUAN CERVERA -México-
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