En el perfil perenne de cadáveres
de hierba,
en sibila fenecida.
Todo lo sensual del rocío
en dados y dedos.
Entramos con salud en la intemperie
y la lozanía.
Lados por tantas briosas
en el mapa del tiempo.
Lo mío fue detenerme
y ver el labio de la lontananza suspirando.
Sabiendo que la poesía
es la causa de entraña
el auge de una mente creativa
y la soledad aludida de orillas.
Como en verano
al mirar el abecedario infinito
de las hormigas almacenando
sus sueños en invierno.
¿Qué solemnidad de ángeles de savia resistían en el trino,
como números infinitos de hojas?
Una sibarita de colores tomaba
cuerpo en la montaña,
el sol padre alzaba
sus rodillas de aluminio
de su anatomía de siglos,
salían los rayos
como gritos de oro desesperados.
En lo entero y lo etéreo
de la realidad
que abre sus ojos.
El ser jornal que Dios asigno
a la naturaleza para sus quehaceres.
Lo increíble que hace que la inmensidad
nos pierda en su garbo.
Mientras vez la joyería festiva
de tantas causas,
de tantas vidas,
tantos escalones
atados en la cadena infinita.
Y en hora germinada
el hijo del labriego
ya tarde en sus orillas
saca de su bolso,
de la atmósfera del asombro,
la pone en su rodilla,
para herir algunas aguas
que se mueven en el lápiz tiempo
y se quedan naufragando vastos humeros a sendero acierto,
lo que la fabrica del juglar anudo en plus visual de nuestro tiempo.
Belén Aguilar Salas -Costa Rica-
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