miércoles, 9 de julio de 2014

UNA ANÉCDOTA A LO BARTLEBY


9 de Julio: aniversario del fallecimiento del poeta español Juan Larrea

Juan Larrea, el poeta español autor de Versión celeste, aquel inefable amigo de César Vallejo, compañero de inicios con Gerardo Diego y seguidor en sus principios de Vicente Huidobro; aquel que se inmolaba en la utopía (o distopía, lo dejemos pendiente a ese tema) del nuevo mundo a constituirse en el Nuevo Mundo americano; aquel que sabía, desde el primer poema de su libro, que debía huir de sí mismo, fue también un profesor universitario en una casa de estudios de provincia –entre 1956 y 1979, año de su “jubilación”-, la Escuela de Filosofía de la Universidad Nacional de Córdoba, Argentina.
Corrían años donde los escasos cargos académicos debían repartirse entre muchos aspirantes legítimos, donde los fondos del Estado para sostenerlos dependían de los prejuicios del gobierno de turno –de facto o elegido, según la temporada política-. Y resulta conmovedor, a veces, ver la suerte de un grande como Juan Larrea a expensas de pequeños funcionarios. Me produce la sensación de un elefante en una pequeña reserva o en el simple patio de una casa. Sus patas inmensas hundiéndose en el césped, con un gorrito de colores y con niños que lo persiguen como si se tratara de un gigante de peluche.  Me produce una mezcla de enternecimiento y tristeza.
Esta introducción viene a cuento de ciertas contingencias burocráticas en la Universidad de Córdoba, no necesariamente asignables a culpas del plantel administrativo. Más bien, esa sensación de que “no saben lo que hacen”.
En enero de 1969, se registra en su legajo académico una ficha del Instituto Nacional de Previsión Social del Ministerio de Bienestar Social, destinada a jubilaciones y pensiones civiles, expedida por la Facultad de Filosofía y Humanidades como organismo nacional, donde el nombre asentado es Juan Ramón Leandro Larrea Celayeta, de nacionalidad mexicana -cuyo país de origen se reconoce en España, nacido el 13 de Marzo de 1895-, ya que su pasaporte lo hacía procedente de México. En esa época, Larrea ya tenía como domicilio su casa de barrio Jardín Espinosa y hacía 13 años que residía en Argentina.
En sus datos curriculares se consigna que es profesor dedicado a tareas de investigación y, al dorso de esa fotocopia, se lee su foja de servicios desde 1956 hasta 1975. Esta última fecha da cuenta de que aparezca allí el nefasto Ministerio de Bienestar Social, cuyo titular desde 1974 era el oscuro personaje político llamado José López Rega, aquel que organizó y comandó la tristemente célebre Alianza Anticomunista Argentina (conocida popularmente como “Las Tres A”).  A simple vista, el lector no podrá saber que Juan Larrea deja España y luego Francia tras la persecución franquista y el estallido de la Segunda Guerra, para terminar sus días bajo la peor dictadura cívico-militar que padeció la Argentina. Tampoco que México lo retuvo en América durante los primeros años de exilio, pero que desembarcó en Buenos Aires procedente de New York porque el Desarrollismo –corriente política dominante en los años de su arribo- era ferviente admirador, hasta la complicidad, de la política norteamericana, de modo que aquí se estimaba como un signo ideológico positivo la procedencia neoyorkina de Larrea y ello favoreció que fuese solicitada su presencia.
También se registra allí su función como investigador y director del Centro de Documentación Vallejiana. Y aquí viene llegando lo que percibo como el “lado Bartleby” de Juan Larrea. Aquel personaje de Herman Melville parecía colarse por alguna ventana de los claustros de la universidad reformista.
              Previo a la fundación del Centro de Documentación e Investigación “César Vallejo”, Larrea había fundado en 1959 el Instituto del Nuevo Mundo, organismo académico mediante el cual se convocó ese mismo año al Simposio internacional sobre César Vallejo. Larrea concentra en la oficina de ese Instituto sus investigaciones y actividades relativas al poeta peruano, tan caro a su propia utopía respecto de la teleología de la cultura hispanoamericana. Según cuentan algunos profesores de la actual Facultad de Filosofía y Humanidades de la UNC –entonces estudiantes de la carrera- dicha oficina se encontraba en Pabellón España de la Ciudad Universitaria. No obstante, en alguna etapa de su funcionamiento, al parecer no existía un espacio físico destinado al Instituto y, en relación con ello, Larrea les dirige a las autoridades la siguiente nota mecanografiada:
“El Instituto del Nuevo Mundo necesita lo más pronto posible un lugar decoroso donde alojarse y en él los siguientes muebles:
Una mesa relativamente espaciosa.
De diez a doce sillas.
Una máquina de escribir con su mesita. (?)
Una estantería para libros.
Un juego de cuatro ficheros de metal con llave.
Una percha para abrigos.
Para empezar, esto es todo.
                                                Córdoba, 3 de abril de 1960.”

              Pero existe en su legajo una nota -cuya copia figura sin fecha- de respuesta a un pedido de informe acerca de los horarios en que cumple con su labor académica, con un estilo que resulta entre desopilante y revelador del hastío, o de la prescindencia de un Bartleby ante el absurdo de las situaciones burocráticas:
“H o r a r i o.
Tengo el agrado de informar a este respecto que, salvo las horas de sueño y de trato familiar, dedico a las actividades expuestas los siete días de la semana enteros, incluidas por lo general las vacaciones.
De otro lado, me hago presente en los locales de la Universidad todas las tardes, de lunes a viernes, a partir de las 15.30 horas. Lo cual no es obstáculo para que también acuda, conforme lo exigen los trabajos mencionados, a alguna hora de la mañana. Juan Larrea.”
              Esta contestación representa, a mi manera de ver, su rasgo más “Bartleby”. Si bien cumple con el requerimiento de informar, hay una ironía explícita –en eso, sí, diferente de Bartleby- que logra darle un aroma del famoso “preferiría no hacerlo” del personaje de Melville. Es tan abarcador (“los siete días de la semana enteros”) el horario de sus actividades, que equivale a ninguno o, mejor dicho, a un preferiría no describirlo. También hay un dato real en su informe: efectivamente, los temas de la utopía del Nuevo Mundo le sustrajeron a Larrea todos y cada uno de los segundos de su vida, desde que comenzó a concebirlos. Es lógico inferir que una tarea intelectual y filosófica como esa fuera exorbitante, que excediera la órbita de los administrativos de la UNC, como excedió los de otras instituciones que antes de ésta albergaron la figura de Juan Larrea.
            A 34 años de su fallecimiento en esta Córdoba de la Nueva Andalucía, quise recordar estas menudencias para acercarle una flor nativa a su memoria. Y he preferido hacerlo.

Eugenia Cabral

No hay comentarios:

Publicar un comentario