La tarde cae como arcoíris lento y profundo
y los campos de mi pueblo se llenan de alegría.
Alguien sacó el recuerdo y se puso a meditar:
es mi abuelo con su caballo blanco cargado de esperanzas
y su rutina de gigante que nunca lo abandona.
Por el camino escarpado y con pasos que retumban en la lluvia
pasa mi abuelo como un sol de escaso fuego y se detiene,
recorre con su sombra de genio y su silencio de ave
las tierras de labor con collares de niebla y viento seco.
Después y con un sombrero ancho que todavía aletea,
arrea sus vacas y becerros con olor a yerbas nuevas;
cruzan en caravana con ojos de leopardo hacia el potrero
y al romper el alba del siguiente día:
ordeña felizmente sus vacas con infinito olor a monte.
Esa felicidad con luz opaca casi mortecina
rueda por la llanura como sonrisa que se apaga;
mientras la noche toma forma de un profundo sueño
y los colores de la aurora se quedan detenidos.
Pero la intensa rutina de mi abuelo aún no termina,
sus peones en las tierras de labor lo esperan:
que llegue con su gran sonrisa de paloma en vuelo
y tome el arado que los bueyes con mirada de buitre:
tiran de sí como la tormentosa noche.
_¡Abuelo!..., para un momento tu sedienta rutina y dime:
_eso que brilla intensamente en tu mirada..., ¿es tu alegría?,
_¿es la suave sonrisa que en el tiempo se quedó dormida...?,
_¿o el infinito amor que le tienes a tu gente con murmullo de abejas?,
_descansa abuelo, que tu verdad bañada de silencios ha sido dicha.
Erasmo Nava Espíritu -México-
Publicado en la revista Palabras Diversas 47
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