jueves, 16 de agosto de 2012

MEMENTO, HOMO


No creáis nada por el simple hecho de que muchos lo crean o finjan que lo creen; creedlo después de someterlo al dictamen de la razón y a la voz de la conciencia. Buda La muerte no es más que un sueño y un olvido. Mahatma Gandhi Tiempo atrás su ojo habría lagrimeado, pero la cámara que lo sustituye ahora no se conmueve ante el sol. Impasible, el soldado Lazarus17 repta sobre la arena ardiente. En sus antebrazos, gruesas cicatrices. No tiembla. No recuerda una circunstancia similar: el estallido, los jirones de carne… Los doctores han hecho bien su trabajo. Un fracaso tras otro: los inhibidores de la memoria y el miedo sólo empeoran los trastornos de personalidad en los veteranos. Como si sus mentes, aun ofuscadas, estuviesen dispuestas a autodestruirse para evitar la invasión del enemigo. Quizá hayan subestimado las defensas del cerebro... Dieciséis intentos fallidos hasta que finalmente nació él, el soldado perfecto, el modelo a partir del cual crearían el resto: hombres libres de recuerdos y ataduras, inmunes a los incómodos sentimientos, leales sólo a sus superiores, capaces de obediencia ciega… Sin más hogar que el nuevo ejército. Declarados oficialmente muertos, a las casas llegaban telegramas escuetos: “sentimos comunicar…”. Habían hecho lo correcto. A quién más podían servir esos despojos psicóticos. Sus familias estarían mejor sin ellos. Pero convenientemente reparados, el afán colonizador de la Coalición podría encontrarles uso en los frentes abiertos. Su zoom vigila la trinchera sin esfuerzo. En las manos enemigas, por única arma, una foto de familia: mujer y dos hijos. No cumple con su misión; aniquila con saña. El soldado Lazarus17 se revuelve en su camastro. Por primera vez, no consigue conciliar el sueño. Bajo la placa de metal que refuerza su sien, una uña escarba insistente. No deja de pensar en el hombre de la trinchera. Siente hacia él una envidia rabiosa. Cada noche extrae la foto de su escondite y la observa. Al poco, las figuras le hablan. Especialmente, ella. Y un día, de repente, esa lengua deja de parecer extranjera. Sobre el camastro, su petate: a casa volverá sólo el hombre cuyo nombre le ha revelado la desconocida. Sigilosamente, deja la foto bajo la almohada de un compañero, uno muy joven. A él le costará menos encontrar el camino de regreso.

Salomé Guadalupe Ingelmo (España)
Publicado en la revista digital Minatura 120

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