jueves, 9 de agosto de 2012

LA ÚLTIMA COBARDÍA


Dicen de los cobardes que son ratas miserables que se esconden tras la sombra del triunfo de los valientes, pero créanme: los muertos pocas veces logran arrojar sombra bajo la que guarecerse. ¿Y saben otra cosa? La Historia no la cuentan solamente los vencedores, también lo hacen los supervivientes, aunque es cierto que no quedará nadie a quien enseñar Historia. Aun así, antes del fin les contaré la mía.
Yo comandaba la Atlante Bussard XI, la mayor máquina que jamás creará el hombre, una astronave capaz de explorar el Sistema Solar en misiones cortas, un prodigio de la ingeniería que nos abría el camino de las estrellas. En ello estábamos, probando la nave en situaciones adversas en el cinturón de asteroides, esquivando rocas usando el rastreo del espectro de radio, cuando detectamos unas señales que se acercaban a casa desde fuera del sistema. Eran desconocidas, pero con un patrón de indudable origen inteligente. Y no figuraban en el Catálogo Estándar de Localización Astronáutica.
Luego entramos en una zona de sombra y dejamos de recibir noticias de la Tierra. Horas después nos llegaron órdenes confusas desde el Centro de Mando Lunar, dirigidas al tráfico en órbita o en tránsito a Marte: “¡Ataque de origen desconocido! ¡Orden a vehículos con armamento nuclear de conexión obligatoria con el Sistema Integrado de la Defensa! Resto de astronaves, regresen a sus bases exteriores.”
Desobedecí y no fuimos a las colonias marcianas para regresar de nuevo al cinturón con módulos suficientes con los que asegurar un Núcleo Mínimo de Supervivencia Poblacional. Las transmisiones recibidas desde la Tierra eran escalofriantes: continentes arrasados, complejos orbitales secuestrados, naves remolcadas por la flota alienígena atacante. Se llevaron a toda la población superviviente. No quedó nadie.
Yo impuse el silencio en la Atlante. Pudimos haber enviado misiones de rescate a las naves que huían hacia nuestra posición, pero destruí los transpondedores y dejé que las atraparan. La consciencia de mi cobardía me seguirá hasta que nos extingamos.

David Reche (España)
Publicado en la revista digital Minatura 119

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