sábado, 18 de agosto de 2012

36


Apareció transido una mañana
cuando me levantaba para ir a la escuela.
Observé tras los vidrios que dudaba
si entrar a casa o no. Era mi padre.

De sobretodo largo arrugado
y barba en crecida. Va y le abre
mi madre. Nos sentamos
a desayunar y ni agrega esta boca es mía.

Ven que revea ese mazo, papaíto,
tu mano en cucharita temblorosa al café,
la falta de seguridad en los ojos,
y el sol que apareció, no obstante
habías perdido todo
según supe después.

Nunca más ocurrió y prestamente
dijiste cuidadito hijo mío,
el juego es un abrojo que se te prende
hasta dejarte desnudo.

Y desde entonces su ausencia
de sobretodo fúnebre vigila
en la puerta de todos los casinos y timbas
para que yo no entre;
pero entro no más y a la salida
digo tenés razón viejito, perdóname.

Jorge Leonidas Escudero (de su libro “Los grandes jugadores”, El cero y 36 poemas vecinos, sin sello editorial, ciudad de San Juan, provincia de San Juan, la Argentina, 1987)

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