lunes, 8 de octubre de 2018
ESA BATALLA QUE SIEMPRE PERDEMOS
Llegas a una edad en que inevitablemente te llega a la mente algo, que aunque siempre ha estado ahí, por pura cuestión de salud mental lo apartas de tu pensamiento considerándolo como algo lejano.
Pero llega un momento de nuestra vida que tal cosa ya no lo puedes obviar (o si) Y no es otra que la inevitablemente e inapelable ¡muerte!
Lo primero que se te ocurre discurrir es de que forma llamará a nuestra puerta.
Y luego la eterna pregunta "hay vida después de la muerte"
En esto último los creyentes tienen cierto consuelo, pues según ellos les espera otra vida, y puesto a pensar, mejor que la que han dejado.
Pero eso es otro tema que sin duda nos daría para mucho, y que yo de momento no quiero entrar en tan peliaguda cuestión.
Así que vayamos al motivo por el que me he puesto a aporrear el teclado de mi ordenador, y que no es otro que nuestro definitivo encuentro con la señora de la guadaña.
Esto, llamémosle agresión, casi siempre viene precedido de un ataque fríamente planeado. Ya que con una paciencia infinita espera el momento en el que sabe que nuestras defensas son vulnerables.
Entonces con desmedida saña pone en movimiento a todos su huestes, y sin remisión bajo su definitivo y demoledor ataque se hace realidad nuestro aciago destino.
Sus tácticas de combate suelen ser varias y todas ellas de una bien probada efectividad: las más recurrentes suelen ser el cáncer, el infarto... (aunque esto varía en función de nivel económico del país) esta definitiva batalla final suele ser de un trance bastante luctuoso, y todos sus seres queridos, ante lo inevitable desean que acabe pronto por el bien del sufriente.
Aunque si pudiéramos elegir este importante hecho, seguramente nos decantaríamos por lo que solemos denominar morir de viejo, en la cual tu vida se va apagando como se apaga una vela, sin duda ésta es una dulce muerte.
Pero no quiero acabar sin hacer mención, en la que en mi opinión es la más terrible de todas. Mucho más que morir en soledad, más que morir de tristeza, más que morir de amor, o desamor: y es morir-vivir sin tener conciencia de que ya no sabes que lo has olvidado todo.
Antonio Parrado -Barcelona-
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