miércoles, 19 de octubre de 2016

PUNTO FINAL


Imagino que era el momento adecuado para que la idea calara. La población había llegado a un punto
insostenible. El mundo se había instalado en la desesperanza, la humanidad parecía incapaz de
encontrar nada amable y respetable en ella misma. El género humano se había transformado en un enfermo de depresión. El mensaje de que éramos la especie más vil, egoísta y destructiva que jamás hubiera evolucionado sobre la faz del planeta había arraigado de tal forma que no nos quedaba ni brizna de amor hacia nosotros mismos y a nuestras obras.
Ni amor, ni orgullo.
Y entonces alguien propuso nuestra extinción.
La idea fue tomando forma poco a poco y arraigando, lenta pero sin pausa, en la mente de todos. La idea de acabar con todos los seres humanos dejó de ser vista como algo horrible y pasó a ser una idea
aceptable y hasta apetecible. Se aceptó como un hecho que nuestro destino como especie era el suicidio colectivo y terapéutico.
Se transformó entonces en propuesta política. Se llevó a los parlamentos. Se debatió en la O.N.U. y, finalmente, tras largas deliberaciones, se decretó la esterilización inmediata, obligatoria y masiva en todo el mundo.
La civilización ha muerto de inanición: sin ciudades, sin tecnología, sin cultura, sin niños, sin futuro, todo se fue convirtiendo en escombros y ruinas. La naturaleza va recuperando lo que le habíamos robado. Los animales campan a sus anchas en las grandes avenidas y han convertido los  edificios en guaridas y campos de caza.
Ahora que no hay remedio yo, el último homo sapiens, maldigo la estupidez de quienes nos hicieron
creer que éramos sólo inmundicia y nos cegaron a la bueno y bello de nosotros mismos.
Agonizo, y la humanidad entera agoniza conmigo. Y ambos, la humanidad y yo, moriremos maldiciendo a quienes creyeron esa estúpida mentira y añorando el futuro que nos negaron.

Dolo Espinosa (España)
Publicado en la revista digital Minatura 151

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