Abrí los ojos y de inmediato percibí a través de las sedas que cubrían mi vista, que algo extraño me estaba ocurriendo.
No sabía definirlo, tampoco parecía un gran misterio, pero algo irracional giraba a mi derredor. Tendido sobre las sábanas, la colcha echada a un lado, desnudo completamente, mi cuerpo regado de fría transpiración, no parecía pertenecer a nada. También habían desaparecido las típicas migrañas que cada mañana recordaban mi existencia.
Bueno, me dije a mi mismo, de alguna manera hay que comenzar el día y ante todo puse a trabajar la máquina de recuerdo de los últimos acontecimientos.
El día anterior. El recuerdo, pensé, es lo que comprueba que aun estas vivo.
Lo más encomiable de lo ocurrido, fue la discusión sostenida durante la charla publica a la que fui invitado. Estaba satisfecho, pero me estoy escapando de comentar la rareza que me aquejó esta mañana, que barrió mi alegría. Todo se hizo patente durante la ceremonia de aseo en el baño.
No presté atención, pero de pronto quedé pasmado. Luego del baño caliente, procedí a cortar mis uñas con el alicate.
Como suele ocurrirme, a veces corto más de lo necesario, arrancando algún trozo de piel que hasta llega a sangrar. No soy tan extravagante, pero la vista de las gotas rojas y el dolor consiguiente, me
afecta mucho. Cuando terminó el proceso y procedí a lavar el artefacto, descubrí un pedazo de mi carne flotando en la superficie del lavatorio. Era enorme en proporción y no creí que antes habría
formado parte de mi cuerpo. Era como observar un objeto extraño, y esperaba que se ponga en marcha, como si fuera un bicho. Observé entonces mi dedo y efectivamente, algo faltaba allí donde había quedado un hueco. No era muy grande, y pese a todo, pensé que tenía que haber sangrado. Pero nada. Y lo más extraño, no sentía ningún dolor. En absoluto. No obstante, quizás por costumbre, cubrí el hoyo con una cinta adhesiva y continué la sesión.
Esta vez fue el afeitado, como todas las mañanas. Y aquí también, como suele suceder a cualquiera, un raspón en la piel o un movimiento mal calculado, deja sus huellas. Ahora sí que me asusté, pues al
finalizar la operación, colgaba de la maquina un corte de piel de más de un centímetro. Lo barajé entre mis dedos, palpé la piel en mi cara, y vi también en el cristal, un tamaño de carne descubierta.
¿Cómo no sentí ni siento aún ningún dolor ni sangre? Recordé el caso de un amigo que, sufriendo de cáncer de piel, solía perder porciones de su epidermis, pero sí que eran torturas constantes. Pensé que
debía llegar a la consulta de mi médico, pero preferí por el momento no hacer nada. Quizás dejar que el tiempo haga la suyo.
Luego de terminar de acicalarme, me vestí y salí a la calle a iniciar la rutina de cada día. Como vivo solo, suelo desayunar en un bar vecino, donde ya conocen mis costumbres. Es un auto servicio y me puse en la cola a esperar mi turno. Estaba parado detrás de un hombre alto y corpulento, por lo cual yo quedaba un poco escondido. Por ello, luego se me ocurrió que al dar vuelta portando en sus
manos la bandeja con una enorme taza de café, esta resbaló sobre la superficie yendo a parar todo su contenido caliente sobre mí. Quedé empapado de arriba abajo, mis ropas despidiendo vapor caliente, desde la camisa hasta los calzoncillos.
Instintivamente me había echado atrás, atropellando a la señora que esperaba a mis espaldas. Quise darme vuelta para disculparme, pero entonces descubrí que ella no había sufrido del choque y solo
miraba al hombre del café. Para mayor asombro, el hombre aquel no atinó siquiera a disculparse, solo dijo algunas palabras a la mujer. ¿Y yo? ¿Cómo es que ninguno de los dos prestó atención al daño
causado a mi persona? Para más extrañeza, presté atención que aquel liquido caliente, casi hirviendo, no había hecho mella en mi persona. No sentía el típico dolor de la quemazón en la piel al volcarse sobre las ropas, ni tampoco luego.
Ahí sí que quedé consternado, incapaz de discernir lo que pasaba. Fue como al despertar del sueño, cuando se van abriendo los velos de la noche y lentamente identificas al mundo conocido.
¡Dejé de existir! Me dije a mi mismo, nadie advierte mi presencia ¿Y yo mismo?
¿Me doy cuenta de mí persona como ser vivo?
Entonces intuí que había algo más, y que no era solo encontrar el mundo conocido.
También había que sufrirlo a través del dolor, y cuando pierdes esa sensibilidad, dejas de existir.
Al fin terminé por despertar, pero para estar seguro, me di una fuerte cachetada en la mejilla. ¡Estoy vivo! Me dije.
Josef Carel
Publicado en Literarte 88
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