martes, 18 de octubre de 2016
A OCTAVIO PAZ
El olvido no tuvo valor ni forma,
ni esperanza briosa que domara su corcel inteligente .
Maestro de atmósferas intermitentes,
Azteca de longitudes inalienables.
¿Qué gran océano de lenguaje y de expresiones indelebles con azogue duro y líquido metal insigne?
La llama del aliento es miembro de su palabra.
Pistilo y pétalo, afinidad de estambres surrealistas.
Atado al sacrificio del instante y al donaire, su follaje de avance y un destino de universal erudición.
Quién no a leído a Octavio Paz.
No sabe. Por qué los senderos del camino se quedan pensativos.
En cada sucursal de tierra y semilla está México.
La osadía de Siqueiros con barriles y cuchillos, el pincel perenne de Diego Ribera, las lágrimas incomprensible de Frida Khalo.
El linaje impávido de Cuauhtémoc.
Su musa es elixir y agave, Español y Azteca, una cadencia resucitada con letargos diurnos despertados, una ansiedad de vastedad emisaria.
Octavio con delirio y menester de musageta... Páramo de sol y sombra, vaso de horas zarandeado por la meditación profunda.
¿Quién no conoce sus ingrávidos valles con juegos de parvo inminente?
Los lentes mediodías enamorados del beso heredero del éter.
¿Qué lapsos al deseo lastimero,
días impasibles de huellas celestes?
Cuerpo con años y años sin cuerpo.
Vigentes versos de un verdadero idioma que sólo el pudo lograr.
Belen Aguilar Salas
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