Un barco velero, con velas muy blancas
rozaba el cielo en su navegar.
Parecían dos flechas que indicaban
la dirección de un camino a tomar.
¡Hacía arriba, indicaban, hacía el infinito!
Hacía ese cielo donde no hay final.
¿Quién pudiera seguirlas? ¡Ay, barquito!
¿Quién pudiera seguirlas sin zozobrar?
Sin curvas ni baches, sin miedo a perderse.
Seguir todo recto, hasta alcanzar,
aquello con lo que todo hombre nace.
Su otro yo, su espíritu su alma inmortal.
Mayte Andrade –Benicarló - Castellón-
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