De aquel tiempo transcurrido,
de las huellas impregnadas
del rocío de tu fuente,
de las orillas desnudas en el trémulo vaivén
de tus caderas manchadas
de marea, viento y lluvia,
se ha esfumado el encano
como triviales pavesas en el limbo del pasado...
Del exótico glamour de tu mirada distante
recorriendo aquellos llanos
de simientes y veranos,
anonadados los dos de las noches estrelladas,
de las lunas en su podio
de arrogancia en plenilunio,
donde mis ojos recreaban sus pupilas
en los tuyos
desnudando vuelos fatuos y caminos
solitarios
se perdían de distancia los anhelos;
dime amada ¿qué ha quedado?
Solo el eco de pasadas emociones,
risas locas languidecen de recuerdo
encerrado en mi tristeza,
con el canto de la lluvia y el amanecer sombrío
de un nuevo día nublado,
de las olas y mareas de oscuros mares aquellos
que han quedado replicando masa gris
en mis memorias... revoloteando el recuerdo.
Aquellos días se han ido,
no volverán ¡Bien lo sabes!
Ya tu mirada lejana no ilumina mis caminos,
y mis manos fervientes del calor de mis delirios
no seducen tu frescura.
Tus cabellos ya no abrigan con su aroma
el hálito febril que como el vino
embriagaba mis instantes;
desde ese día cambió el destino de mi vida,
cuando amándote yo tanto,
sin condición se rendía, en otros brazos,
tu amor...
Así termina todo,
si hay consuelo en el perdón,
ya yo lo hice,
desde el día en que tus besos
ya no fueron para mí;
desde ese día, todo acabó para siempre!
El amor no nace
para morir dos veces,
ni muere para nacer de nuevo...
Eso es todo!
Si me amaste y yo te amé, ya ni siquiera
el recuerdo se contagia:
Todo descansa en el lecho del olvido!!
Ricardo Flores Joya -El Salvador-
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