Hoy desperté con olor a ti.
Automáticamente mi sonrisa se forja
con cada palabra de tu léxico
qué queda en mi memoria.
No puedo olvidar cuando dijiste:
“¿Te enamorarías de mí?”
Quisiera decir que te quiero, respondí,
para no quedar mal.
Astuto fuiste al contestar:
“Pensaste en ese te quiero,
¿eso quiere decir que hay una posibilidad?”
Desde ese momento
la duda de mí se apodero
y tu nombre en mi mente, se clavó.
Los días pasaron.
Cada mañana recibía un “buenos días, amor”.
Ya era inevitable negar
que esperaba con ansías desbocadas
ese saludo que encendía la chispa de mi hoguera.
No sé cuándo, pero de ti me enamoré.
Tu paciencia, tu madurez, la ternura de tu voz
se apoderaron de cada célula de mis pensamientos.
Hoy respiro cada milésima de tu ser
Me arrullo con cada recuerdo tuyo.
Sin duda alguna, discusiones igualmente vinieron.
Como el mal entendido
que encendió el infierno de mis celos.
Tú desesperación por apagar las llama, me impresionó;
me demostró lo que dudaba.
Las reconciliaciones de cada altercado
han inyectado más afecto
a nuestros cálidos sentimientos.
Siento el murmullo de tus teclados
y mi corazón se acelera.
Con tan sólo tu presencia
se borra el dolor artrítico de mi pasado.
La tristeza de mis problemas se desvanece.
Me sumerjo en un destello de felicidad.
Estoy convencida que eres ese ser
que mi paciencia esperaba desde hace un tiempo atrás.
Ingrid Carolina Amaya -Estados Unidos-
No hay comentarios:
Publicar un comentario