La noche agita los pensamientos de la mujer que me ama.
Narciso inestable y violento
tomo la dicha del perdón y la venganza.
No acaricio el agua
ese espejo,
ese horrendo mirar de lentes deformes
que arrebatan instantes al viento.
Narciso hastiado de ecos cansinos,
la mujer que quiere de mí
prolonga su malestar constante en vigilancias impulsivas,
como vigía pródigo,
incansable soñadora de caricias muertas al nacer.
Y se apaga la inspiración entre las musas de la situación
apagando las luces y acostándose en camas de estaño.
La mujer que odia mi desatinado rostro
en segundos desesperados,
tortura su existencia por la carencia de mí.
Llegue el odio a tus odios,
engulle la tierra y el sin sentido.
Traduce versos de erección de eolo,
de roces de órganos
y orgasmos de senos prietos
de rosas que gritan estupor.
Hasta mi mente corroe la roña del ser y de la nada.
Mujer que amas lo inhabitado de mí
mata la sepultura necia que me sostiene.
No interrogues miradas lejanas.
Mírame con ojos silenciosos.
El destierro derramará sus caricias
unciendo desquiciadas sombras del amanecer.
Y olvida todo de tu Narciso,
ese eco continuo y apesadumbrado.
Incongruente fin que se agita en mi cerebro gritando que no te deje marchar al alba.
Cancelo las locuras del destierro,
ese destierro sin sombras.
GUILLERMO JIMÉNEZ FERNÁNDEZ -Mérida-
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