El conductor de autobús se parece a la cantante calva pero es mi amigo.
El conductor entrecruza las piernas y a su lado el volante azul del autobús parece una montaña rusa.
El conductor se quita una recia cazadora de cuero y más de uno quiere bajarse, gritando de terror con los ojos, del autobús.
El conductor con un quejido arranca y de pronto, la gente olvida que no sabe rezar.
Al conductor de autobús unos alambres de acero le cruzan los antebrazos y cuando termina de toser parece cien años más joven.
El conductor de autobús tiene quince tics nerviosos en una mano y el volante y un bocadillo de jamón en la otra.
Lanzado y sin rival, el autobús serpentea razonable cada curva porque sabe que llegará a tiempo de continuar las vidas de los pasajeros.
El conductor de autobús, mi amigo, cual kamikaze tranquilo, pasa revista a su vida mientras conduce y solo sabe que la derrota lleva las rodillas llenas de muescas.
Después, al final del recorrido, será él el que encienda los párpados parlantes de la crin de los días en la faz de los pasajeros.
GUILLERMO JIMÉNEZ FERNÁNDEZ -Mérida-
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