Después de mucho caminar llegué. Había oído tantas historias sobre aquel lugar que tenía que verlo con mis propios ojos. La admiración del señor Alemany por aquel paraje estaba completamente justificada. Mi pequeño jardín secreto, lo llamaba. Me había hablado tanto de la hermosura de los colores, del espectacular efecto que producía la luz sobre las hojas rojo púrpura del inusualmente enorme árbol... Me apoyé en el viejo arce japonés a descansar. Podía oler infinidad de especies que se mezclaban para hacer llegar al éxtasis a mis sentidos, pero sobre todas ellas el olor a lavanda que me hizo cerrar los ojos y evocar recuerdos de mi niñez que casi creía olvidados, de esos veranos que pasaba con mi abuela. Yo, mirándola con mis pequeños ojos de admiración mientras ella hacía jabón casero. Entonces comprendí la fascinación de mi veterano amigo por aquel mágico rincón, más allá de su simple estética. No hay precio para aquello que te hace rememorar la más tierna infancia cuando hace tanto tiempo que la dejaste atrás.
AZAHARA OLMEDA
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