Brillaba el sol arribaen la bandera
deslumbrante del cielo,
cantaban los pájaros, y a veces
en las últimas lomas el cencerro
de las cabras latía como el pulso
musical del silencio,
el arroyo caía entre alamedas,
pastaban caballos y corderos,
y el aire serrano penetraba
fácil y dulce por el pecho,
cuando explotó la carga
en la entraña del cerro.
Allá, muy abajo,
más allá de la salvia y el mastuerzo,
más allá de las últimas raíces,
de los algarrobos y chañares viejos,
más allá de las venas soterradas,
del agua subterránea,
más allá del granito, todavía
más allá, casi en la frontera
del cuarzo virgen
donde el wólfram negro
yacía en un cósmico reposo
desde que Sirio deslumbró en los cielos.
Él era joven, tanto
como un hombre puede serlo,
con los ojos ansiosos de muchachas,
los brazos duros
y los dientes nuevos,
él era un hombre, sí,
como tú y como yo,
columna de sangre y de deseo
de pie en la vida,
circulado de tiempo;
mas para la compañía
era un número más en su fichero,
un número más,
un frío, triste número
impersonal y duro como el cero.
Lentamente,
sobre una angarilla los mineros,
transportaban al joven, lentamente
arrastrando los pies, por la tiniebla
definitiva del túnel oscuro,
arrastrando los pies entre la broza ...
Antonio Esteban Agüero -Argentina-
Publicado en la revista Mapuche 56
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