(Fragmento del artículo de 1920 La Estúpida Superstición de la Öpera)
Los buenos momentos de verdadera inspiración en las óperas, son tan poco frecuentes y están tan ahogados en un mar de ramplonería efectista que no vale la pena de irlos a pescar con el sacrificio de tiempo, de bolsillo, de comodidad, de sentido estético y hasta de sentido común que impone a sus devotos esa fastidiosa, majadera, charlatana y pintarrajeada vieja que se llama la señora Öpera, la híbrida y absurda mixtura esa de música y drama, tan del gusto de las gentes bien educadas y tan del disgusto de los jíbaros cimarrones como yo.
¿No es una atrocidad que en una época de carestía universal en que cuesta tanto trabajo, no ya el sostenerse en un plano de vida decente, o siquiera pasable, sino el mero subsistir, el arañar lo necesario para el vil comistrajo diario, le paguemos cada noche a un hombre, tan sólo por abrir la boca, tres o cuatro mil dólares? ¿En qué mundo vivimos y qué clase de animales somos que no nos damos cuenta de la infamia que cometemos cada vez que, atravesando por entre tantos desventurados niños, mujeres y ancianos que carecen de todo, vamos a vaciar nuestros bolsillos en las arcas multimillonarias de un señor ventrudo, perfectamente vulgar, que trafica en berridos?
Aparte del gran número de simplones que van a la ópera, no porque les guste, sino porque creen que deben aparentar que les gusta, y aparte también de los que concurren al espectáculo por lo que tiene de caro y de ostentoso, es lo cierto que no se concibe cómo puede haber ni siquiera un corto número de aficionados verdaderos a este arte pedestre, cuando pocas cosas quedan por el mundo con disfraz de artísticas que sean tan pesadas, tan grotescas, tan tediosas, tan insoportables y caras como la condenada ópera.
¿Qué es la ópera sino una mescolanza burda de un drama tonto, de un melodrama absurdo de amor o de sangre (de un necio y empalagoso amor amerengado, o de un sangriento episodio criminal de folletín), y una música hueca, efectista, chillona, amanerada y ñoña?
Aún dando de barato que todas las óperas tuvieran un momento musical que valiese la pena -que no lo tienen- ese momento está tan soterrado y escondido en un mar de bazofia, y cuesta tanto en tiempo y en dinero, que es necesario estar loco para no salir huyendo al mero anuncio de que nos van a someter al suplicio de toda una noche de ópera.
Si ésta no fuera un acto social, caro y ostentoso, al extremo de que no hay familia que no se sienta humillada de no ser vista en la gran solemnidad de a doce, catorce o más dólares por butaca, ¿tendría cultivadores? ¡Qué habría de tener! Sólo concurriría a ella el grupito exiguo de los verdaderos supersticiosos que aún quedan del acrobatismo laríngeo del tenor y la tiple.
Publicado en el blog nemesiorcanales.blogspot.com
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