domingo, 19 de agosto de 2012

D. LUIS ÁNGEL CASAS.


(El hombre que parecía un faro)

El hombre además de ser hombre era un faro: Llevaba en la frente
prendida la antorcha del genio que nunca apagaba su lumbre.
Había que leerlo;  había que oírlo;  porque era costumbre
la suya, esconder el destello que siempre irradiaba su mente.

La altura de aquel hombre-faro tenía que ser diferente;
solía empezar a nivel de sus sienes y alzarse a la cumbre
que sirve de trono al Ideal donde habita la fiel muchedumbre
que adorna, a través de los tiempos, el habla, poéticamente.

Y aunque era conciente de aquella virtud que tenía,  su mano
fue siempre como una bandera extendida al amigo,  su hermano,
pues nunca corrió por sus venas el odio ni el mal que corroe.

Sus versos hallaron su lustre en las linfas de olímpico río.
Su ritmo fue el mismo que impulsó los remos de Rubén Darío.
Sus luces y sombras de raro misterio, las que viera en Poe.  

Orlando Tijerino M., EUA-Nicaragua
Publicado en la revista Carta Lírica 40

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