Era de sangre noble,
duro como un roble,
pedía explicaciones
para saber que intenciones
usaba su doncella,
la cual se llamaba Estrella,
para portar un estandarte
que no era de su castillo,
era de otra orden
que le pidió que le sacara brillo.
Al conde no le gusto el acto
quería despedirla “ipso facto”
pero le frenó su consejero
pues siempre velaba por él
en lo que fuese, primero.
El conde reaccionó ante ese consejo
pues sabía el asesor, por viejo
que lo mejor se ha de cuidar
y sobretodo, bien tratar.
Ella le imploró clemencia
pero él perdía la paciencia
pues era una tras otra
y, si no, una de vosotras,
estimadas lectoras
bellas y encantadoras.
El conde le perdonó el atrevimiento
y le rogó, que saliese de sus aposentos,
pues para él fue una traición
unirse a un clan enemigo,
hubiese preferido le hiciese la habitación
con sémolas de trigo.
Estrella, perdonada, salió de la estancia
pues maldita ignorancia
la de ese conde ruboroso
por un acto generoso,
que hubiese abierto miles de puertas
con una visión cierta,
de todo lo que él regía
y lo que para él
sus ganancias, producían.
Estrella se fue a otro condado
pues a éste lo ha olvidado,
prefiere que se le valore por sus virtudes
que no se le juzgue por sus actitudes.
JAUME ALEGRE LASTERRA -Barcelona-
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