domingo, 11 de marzo de 2018

EL REQUIEBRO DEL CANARIO


Mi dilecta amiga, Encarnación,
¿quién mejor que tú, con tu conciencia
y larga experiencia de la vida,
con tu franqueza, y firme convicción,
podrías responder mi interrogante,
de qué pasó con nuestro aprecio incitante?
Bien lo sabes, que siempre estuvo fundado
en el respeto, la dignidad y la palabra ofrecida.
Amiga, sé muy bien que conoces mi cordura.
¿Cómo entonces, Encarna, la opinión de terceros,
pueden denostar de mí, con comentarios ligeros
mancillando mi integridad, mi intención más pura,
y el nuevo y bello despertar de mi ternura?

No me explico, el porqué de los malvados,
que apenas poco conocen de mi ser,
hayan podido mellar tu clara opinión,
y, sobre todo, para mi mal y perdición,
han nublado tu juicio y negativamente incidido
en tus decisiones con respecto a nuestro amor.
¡Cómo duele saber que, alguien distinto de ti,
pueda con vileza rampante, calificarme en mal!
¡Cómo hiere que me trates de díscolo informal!
malinterpretando mi carácter alegre y bonachón!
Quizás, porque angustiado no me muestre,
y si muy tranquilo y en paz conmigo mismo.
Tú bien sabes, porque yo mismo lo he contado,
que, a la luz de la sociedad, he sido un buen amigo,
y deploro, tal vez no haber sido un buen esposo;
pero tampoco, pude ser de ellos el más malo.

¡Qué inoportuna y, mal recibida serenata,
en tu cumpleaños te ofrecí!
quisiera borrarla en mi memoria,
como un triste y aciago momento,
que una existencial crisis me dejó
y hoy por fin, la he superado.
¡Gracias a Dios, puedo dormir!
con profundidad, tranquilidad y sosiego.
Amiga mía, en las mil cavilaciones
en que la sinrazón me ha metido,
he querido buscar explicaciones
para encontrar en que he podido lastimarte,
o faltado siquiera; y no encuentro el motivo;
mis reclamos, yo diría mejor: “mis fervorosas súplicas”,
no van más allá del sentir de un amigo enamorado
que te ruega una respuesta a su requiebro,
al que jamás, por cortesía, siquiera devolviste.
Y en mi pesar diría que eran, como cantó el juglar:
“requiebros amorosos a la amada indiferente,
que ni siquiera a la ventana se asomó”.

¿Por qué rompiste abruptamente el cariño
y el afecto que estábamos construyendo,
sí éramos dos fraguando un buen proyecto?
tú me pediste paciencia, y gala hice de ella;
pero, ¡bendito Dios! quien no la tuvo fuiste tú.
Hoy, comprendo tus temores, infundados por demás,
porque del jardín de tu existencia, no solo una flor quiero,
pues, tus eras con rocío, regar por siempre espero
y contemplar los ramilletes que la aurora hará brotar
¡como gemas de colores, cada mañana al despertar!

Amiga, quiero que sepas, si en algún momento
me asaltaré alevemente, la insania mental,
no podría existir un motivo diferente,
que la desolación y el desamor que sufriría,
si mis pretensiones por tu anhelado amor,
se van al traste por siempre injustamente.
Te juro, que solo una mujer como tú,
con tu donaire, belleza y gracia,
puede motivar una noble intención
de rehacer una vida en pareja:
¡próspera, amorosa, estable y feliz!.

ABEL RIVERA GARCÍA

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