Desde aquí se escuchan los gritos.
Pasos en el corredor y la sala.
Empujones.
Todos hablan al mismo tiempo. Se quejan porque tienen hambre y no quieren que les pase como a mi
madre. Los escucho desde el baño que es el único lugar tranquilo. Se amontonan en todas las habitaciones, pero apenas entran al baño para usar el inodoro y salen a toda prisa.
Cuando mi madre se negó a comer, el hambre le hizo echar raíces que se hundieron entre las baldosas de la ducha, su cuerpo se tornó de un rojo coagulado, áspero, y sus ramas crecieron hasta romper la ventana y salir en busca de luz. Dicen que el cerebro de mamá aún funciona bajo la corteza oscura.
Yo también lo creo, pero no me molesta. Puedo sentarme sobre la tapa del inodoro, abrir el sobre con sello del hospital y leer: “Nos complace anunciarle que, si todo marcha bien, estará muerto en dos semanas.”
La carta continúa, pero me detengo a saborear la noticia.
Ellos siguen con su escándalo, ahora se trata del vecino del edificio de enfrente, que amenaza con suicidarse.
Siempre hace lo mismo cuando se emborracha. El griterío aumenta, pero yo estoy de buen humor. Guardo la carta en el sobre. Salgo del baño y me acerco a mirar, alzándome con dificultad por encima de los hombros de mis primos, nietos, abuelos, bisabuelos… Todos jóvenes, flacos y miserables.
El borracho se tira de cabeza desde el noveno. Los que viven en la calle, se apartan. Hay un crujido y luego un lamento. Todos le piden al borracho que haga silencio. El hombre se levanta en medio de las burlas.
Camina entre la gente, la casi-gente y los repugnantes árboles. Los balcones están llenos de carcajadas y rostros que parecen felices.
Pienso en la cirugía que me espera y cómo van a remover la planta parásita de mi columna. Vuelvo a mirarlos.
Algunos tienen más de cien años y siguen trabajando para llenarse el estómago. Yo, en cambio, he
conseguido pagar la cirugía. Compré libertad. Soy feliz.
Alexy Dumenigo Águila (Cuba)
Publicado en la revista digital Minatura 151
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