Es increíble, pero tan simpáticas aves como las palomas, símbolo de paz, pueden desestabilizar a uno, y del estado de frágil equilibrio en que vivimos, acercarlo al borde de la locura. Este relato lo autentifica.
Qué sensación agradable y gratificante nos proporciona el ser testigos del maravilloso cuadro de la naturaleza, donde niños y grandes se complacen en tirar puñados de migajas a cientos de tórtolas, cuyos arrullos se confunden con el trino de pájaros que con ellas compiten. En la plazoleta de mi barrio, el cotidiano espectáculo de ver abuelos con sus nietos ser protagonistas con las pacíficas aves, y un común denominador: dar y recibir, calma las ansiedades de todos, en un clima pastoral.
Hacía ya varios días, que cuando iba a colgar las toallas, encontraba la terraza de servicio de mi departamento sucia de excrementos de palomas, que parte se depositaba sobre la superficie metálica del motor del aire acondicionado central, que ocupaba casi todo el lugar. Por las dudas cerré la ventana que comunica con el baño, con la leve sospecha de tener intrusos en casa. Vivo en el primer piso de un edificio. La terraza de servicio está aislada del exterior por una valla en forma de red, cuyas pequeñas aberturas permiten el intercambio de aire.
Al principio le resté importancia, y limpiaba todos los días, hasta que me cansé de mi rutinaria actividad. La idea que una paloma había invadido la terraza, comenzó a perseguirme obsesivamente. ¿Pero como entró?. Comencé a explorar, y para mi sorpresa comprobé que entre el techo de la terraza y la valla mencionada, había un pequeño espacio suficiente para el paso de un pichón de paloma, procedente de la terraza del vecino de arriba.
No pasó mucho tiempo, y una mañana temprano sorprendí a la paloma parada en el alféizar de la ventana. Cuando le conté a mi mujer, nos llevamos un chasco al ver no una, sino dos, un par de palomas!. Y ahora que hago?. Me pasé horas tratando de atraparlas sin éxito. Descubrí que habían construido el nido en un pequeño espacio, debajo del motor del aire acondicionado. Un día tratando de espantarlas, lograron escabullirse en la terraza del vecino de arriba, por el mismo sitio por donde probablemente entraron.
Si bien las relaciones con mi vecino se circunscribían a no más que un saludo comedido, me decidí y le comuniqué que desde su terraza me entraron palomas a la mía, y hacían estragos. Sin más remedio, y por cortesía, mi vecino, mucho más joven y elástico que yo, me acompañó, entró a la terraza, y con mucho empeño intentaba atrapar a las palomas, mientras yo lo ayudaba golpeando con un palo sobre la superficie metálica del acondicionador de aire, haciendo un bochinche ensordecedor. La lucha de nervios y esfuerzos se vio coronada por el éxito, al final logró atraparlas, liberándolas y dejándonos
exhaustos. El vecino con la mejor buena voluntad, intentó llenar el hueco con una red de plástico, y aparentemente lo había conseguido. Efusivamente agradecí su inestimable ayuda, y en la primera oportunidad una botella de vino compensó su atención.
Creyendo superado el problema, por dos meses tuve tranquilidad y paz. Nuevamente se repitió el cuadro: excrementos de palomas por todos lados, arrullos y finalmente la presencia de un nuevo par de palomas, que se paseaban sobre el vano de la ventana, o hacían equilibrio sobre las sogas de colgar la ropa, casi me sacaron de quicio.
Me levantaba y acostaba con una idea fija: las palomas, y sus mensajes que no eran nada de paz, de armonía, de sosiego, etc. No sabía que hacer. Al final a través de Internet, me comuniqué con una compañía que se ocupa de atrapar y alejar palomas. Hace apenas unos minutos que se fue el técnico. Al abrirle la puerta, el solo verlo vestido con su equipo de trabajo, un casco protector le cubría la cabeza, sus manos con guantes gruesos y negros, y en una de ellas colgando un pesado maletín, ni yo mismo, médico de profesión y jubilado, hubiera ejercido en mis pacientes el maravilloso efecto placebo, que cura todos los males, como la impresión que me causó.
Amable y decidido entró en la terraza, como si ejerciera un secreto poder atrapó una a una a las palomas, sin que se resistieran y estuvieran esperándolo, para por fin ser liberadas de un incierto destino. El técnico observó el sitio por donde entraban las palomas, cerrándolo con una red metálica, resistente, que aseguró con tornillos en toda la periferia, convirtiendo a mi terraza en un bastión.
Pocas veces he sentido tanta satisfacción al abonar lo estipulado, por la realización de un trabajo hecho con precisión y conciencia, liberándome de la terrible opresión que ejercieron sobre mí, "dos pequeños e inocentes pichones de paloma”.
Boris Bilenca
Publicado en Literarte 88
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