Los verdaderos fantasmas
no son los muertos,
con quienes
para bien o mal
hemos hecho las paces.
Esos, nos rodean
en todos los momentos liminares
que suceden cotidianamente,
y les hablamos
con preguntas directas
oraciones declarativas,
copulativas de amor y de añoranza,
sabiendo, esperanzados,
que en algún momento llegan
como bandadas de pájaros salvajes
a recogernos.
Pero los otros,
que nos jurasen amistad absoluta,
con quienes esperábamos compartir el futuro,
hacernos viejos
en intercambio de sinsabores agridulces;
los que dijeron
o no dijeron
que serían constantes para toda la vida;
y desaparecieron
desdeñosamente;
o reaparecieron
demasiado ocupados para recibirnos
cuando después de sangrar por todos los caminos
llegamos lacerados a sus puertas.
Los que cada madrugada insomne
provocan un soliloquio interrogante,
húmedo de constante angustia hemorrágica:
¿por qué ese rostro me aparece en sueños
de los que despierto anegado en gritos?
¿Porque tiemblo asustado en un tren o una calle
cuando atisbo a un extraño que se le parece,
o brinco de la silla cuando suena el teléfono,
añorando una voz cubierta de silencio?
Esos, los vivos desaparecidos,
torturan, corroen la paz de la rutina,
inventan en cada ventana un abismo,
destilan de cada sonido un gemido,
nos hacen llorar vidrios rotos.
Hasta que los muertos, compasivamente,
con sus manos libres de callejones,
ávidos se abalanzan, ángeles hambrientos,
hacia el dolido objeto del deseo
y nos arrancan, por una temporada
del purgatorio de los abandonados.
Del libro El jubilado de
Alfredo Villanueva Collado -Estados Unidos-
Publicado en la Editorial Alebrijes
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