jueves, 8 de agosto de 2019

LIRIOS BLANCOS


A jirones encontré su alma,
arribada en un puerto sin amarraderos,
desecha como un viejo pecio,
mientras alrededor, andaban taciturnos
algunos predadores en la oscuridad,
esperando devorar las jiras sueltas
que ondeaban a un viento desfavorable,
cegados por la bohemia inconsciente,
como manadas salivando asco,

ni siquiera la definía un color,
tan sólo aparecían escalas de grises
y alguna lágrima formando rosas rojas
a la vera de sus descalzos pies,
tenía una desnudez fría
en la que no sentía el calor
de las llamas del infierno que habitaba,
mientras los vapores malolientes
deshacían el horizonte a la mirada,

a jirones la encontré a ella,
marchitando en la barra de un viejo bar,
en el que putas y borrachos
se ahogaban entre recuerdos y olvidos
tragando sus propias vidas con alcohol,
sin embargo, ella era espectadora
de aquel artificio de humos sordos,
refugiada de un mundo que la maltrató
hasta en la sonrisa,

empero nadie muere más de una vez,
en el fondo de su corazón
aún vivía una esperanza de lunas,
algo desenfocado pero latente,
... le tendí mis manos abiertas,
la bañé en las aguas frescas de la ternura,
remendé cada uno de sus jirones,
la vestí de faralaes de mil colores,
y le adorné la sonrisa con un beso,

ella tomó mis manos,
caminó con mis pies,
vio la vida con mis ojos,
alcanzó su plenitud en mí,
sintió su alma renovada en blancos lirios,
y consiguió descubrir lunas nuevas
en las que inspirar su poemas,
que cantan al mar y a la tierra,
a la paz y al amor.

Angel L. Alonso 

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