Te sé caminando conmigo de la mano
bajo la miranda atónita de las alondras,
con tu andar acompasado, lindo y sano
y esos besos cálidos que con rubor otorgas.
Porque me enamoré de ti
ciego y en el laberinto,
del más fucsia frenesí
al sentir aquella vez tus labios tamarindo.
Y no pude sacarte de mis ansias
y olvidarte para evadir las penas,
aunque quise reconquistarte con miles de fragancias,
para ti solo eran las cosas más amenas.
Y jamás me tomaste en serio.
Tu corazón se iba entre las nubes,
siempre rodeada de índigo misterio,
tus ojos se evadían en las inmensidades tan azules...
Y te dejé de ver, deshecho, hecho guiñapos,
por no poder retenerte sin la magia
de un corazón enamorado, en instantes gratos,
volviéndose el vivir, una neuralgia...
Y al cabo, supe que te habías casado
deseando me enterraran en oscura y fría mazmorra,
evitando del correr para arrojarme entre tus brazos
diciendo que me quieras, ¡aún por misericordia...!
Porque el querer es espina cuando no nos quieren
clavando en el cepo al alma enamorada,
de esa mariposa que no se entera como hieren
los dardos de cupido a gente ya botada...
Y sufro eternamente el cadalso
de no olvidar aquel amor primero,
que aunque me diga que no y me haga mil pedazos,
yo por sus besos, derretido muero.
Silvino Gerardo Becerra Gamboa -Venezuela-
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