A la orilla de un arrebol y en la inefable iridiscencia del Parnaso,
nace el misterio de la eternidad del tiempo.
Una niña, una musa, una princesa, una ninfa de los mares y los cielos,
una luz luminiscente entre los floridos huertos y risueñas mariposas,
un crepúsculo de fuego, una aureola turbulenta,
una pasiva estela de rocío en el baúl de arlequines,
una mujer y esfinge de los vientos a quien llamamos poesía.
Nace y renace en el más hermoso día de los linderos del viento, y entre cristales del tiempo.
Ella, la poesía, la que crea el amor a la orilla de las almas,
la que emerge de los besos y las pieles desvestidas,
la que juega con los soles y las lunas,
la que me cubre de amores y poetas,
la que leva en mis mágicos deseos.
Ella, la poesía, ha nacido en las conciencias.
Ha traído el pensamiento de los niños a la mágica y dorada efervescencia de las letras.
Para sembrar la liturgia del amor y de la paz.
En la esperada reunión de los mundos y la hermandad entre los pueblos del orbe,
en la oblación de los hombres, y mujeres de las letras.
Hortencia Aguilar Herrera -México-
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