Tengo la maleta preparada, no dispuse de demasiadas cosas,
unos cuantos libros, un neceser para la higiene,
un plato donde tatué mi voz en las iniciales de tu nombre,
un teléfono plateado para que recuerdes las noches
de luna y una hogaza de pan para que entiendas
porque todos los días me alimento del trigo que tú siembra,
aquella botella de vino que mandaste que guardara
y en el recuerdo de tu sed saqué de la despensa.
La ropa es lo de menos, llevo un par de vaqueros,
unas botas de piel usadas y alguna camisa nueva,
también las llevo raídas y viejas, por si me invitases
a dar un paseo por el campo, o por si quisieras curiosear
y saber qué se esconde en la cicatriz de sus telas.
Ayer tuvimos un sol dorado durante todo el día,
hoy el cielo se ha encapotado y la lluvia amaga
con lagunas de tierra anegada y siniestra,
pero yo me eché a la carretera, me dirijo al sur,
silenciosamente callado, en busca de norte,
en los manantiales de la luz azulada llevo tu alma
prieto a mi alma prieta, la maleta va llena de aire,
para que respires del silencio de la ausencia
hasta que llegue, ya no me queda mucho trecho,
yo jamás cerré la puerta, y algo me dice,
que desde no hace tanto, junto a aquel soportal
donde te bajaste por última vez, tu puerta,
como las ventanas, se quedaron abiertas.
Fernando Novalbos Sanchez
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