jueves, 5 de mayo de 2016

EL ATRACO


Empuñaba la pistola con su mano derecha, temblorosa, al tiempo que daba órdenes nerviosas y precipitadas. Todo el mundo se protegía o se tiraba al suelo o gritaban con el miedo asomado a sus ojos. Los empleados, aún entrenados para este tipo de situaciones, tampoco sabían cómo comportarse. En medio de todo aquel caos un hombre levantó sus manos pidiendo un poco de silencio. Era inútil. Otro atracador, que portaba una escopeta de cañones recortados, se fijó en él y le hizo una señal para que se le acercara. Cruzaron unas palabras y, acto seguido, disparó al aire en dos ocasiones. El silencio se hizo sepulcral. El de la escopeta gritó que no quería escuchar una voz más alta que otra. Luego, se dirigió al hombre y le ordenó con un gesto que hablara.
– Perdonad la interrupción –dijo-, pero el Nissan de ahí afuera no me permite salir del aparcamiento. Y me confirman que de los atracadores no es.

ISIDORO IRROCA

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