Los suspiros son aire y van al aire.
Las lágrimas son agua y van al mar.
Dime, mujer, cuándo el amor se olvida, ¿sabes tú a dónde va?
G.A.Béquer
Ya no estás en mí. Ya no te siento. Ya eres pasado.
Suspiré por tu ausencia durante meses. Mi aliento, cálido al principio, se fue
enfriando hasta ser arrastrado por el aire del olvido. Lloré ríos desesperados. Con el
desgarro que un amante que huye produce en el alma. Mi llanto se ahogó en el mar del
tiempo.
Los recuerdos, aun aquellos que quisiéramos grabar a fuego en nuestra alma,
terminan por suavizar sus aristas. Acaban por dejar de herirnos. Llegan a ser la sombra
tenue de lo que una vez fue vivido. Entonces, solamente entonces, el amor comienza su
lento recorrido hacia ese lugar que sólo él sabrá cuál es.
Ya no eres mi amor. Ya tu rostro se nubló en el jardín de mi alma. Ya no vibro al
pensar en tu nombre. Tus manos, que tanto me acariciaron, que tanto placer encerraban
entre sus dedos fuertes y sensibles, se me antojan, ahora, alas de un pájaro que voló
impaciente.
Tus besos, que abrían mi alma y mi cuerpo, que los preparaban para la entrega total
y sublime, han vaciado mi boca. Fueron, en tiempo, dulces, vibrantes, únicos. Ya no son.
Ya no suenan sus ecos en mi pensamiento. Te los llevaste. Me quedó tan sólo el sabor
amargo del abandono. Ya no me sabe a nada su nostalgia.
Amor, amor, ¿dónde estás? ¿A dónde has ido a parar?
Hablo de todas aquellas emociones que un día me hicieron vibrar. De aquellas que
se anudaban en mi estómago impidiéndome comer. Me refiero a aquel sentimiento,
irrefrenable, que oprimía mi corazón de tal forma que respirar se convertía en un acto
heroico.
¿Por qué no hay nada en su lugar? No existe ya el dolor en el pecho; ni las noches
de insomnio; ni las horas inagotables, llenas de silencio, rebosantes de deseos, en las que
me perdía para tratar de encontrarte.
Nada. Eres nada, amor. Nada. Dime, ¿te pasa a ti lo mismo? ¿También tú
desconoces el destino de aquello que nos unió?
Me niego a creer que todo ese enajenante y maravilloso sentimiento, al que
llamamos amor, sea pura química. Que nuestras emociones más profundas, las que
creemos más auténticas, no sean más que la asociación sinápticas de unas neuronas, por
medio de unos transmisores químicos, generados por nuestra amígdala cerebral.
No, no y mil veces no. Me resisto a creer semejante vulgaridad, semejante desatino
del concepto amoroso. Sin embargo sé que ya no existe esa desazón. Que se diluyó en el
mar de la desesperanza. Que se esfumó en el aire de la vida.
¿Sabría alguien decirme, adónde va el amor cuando se olvida?
Quiero saberlo para ir a su encuentro. Para volver a quemarme con su fuego. Para
retomar su inquietud. Para nadar con ansia en la aventura de sentirme viva. Para dejar de
vivir con la felicidad de la ameba: la felicidad, estúpida, de los seres vivos que no saben
que lo son.
Eloísa Zapata (Sevilla)
Publicado en la revista Aldaba 30
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