La noche urbana transcurría alrededor y casi a través mío
cuando, como una luciérnaga, tuve entre mis manos,
brotando del estruendo de nafta y cornetazos
el misterio de Dios.
Quedé parado
en una esquina o a mitad de cuadra
mirando este oxidado destello, opaco como todo lo eterno.
Los turistas, los vecinos anónimos, los paseantes siguieron
andando, pescazando. Consumiendo,
y yo quedé estorbando su procesión,
esa velocidad de tanto poder adquisitivo,
con el misterio de Dios entre mis manos.
Olía a rutina y a cerveza, como cualquiera en el verano
y tambaleé unos pasos maravillándome, maravillándome.
Tarareé, igual que siempre, y anduve, igual que siempre, 4 ó 5 baldosas.
Las luces asesinas de las billeteras andaban por ahí.
Yo iba vigilante, pues debía comprentender porqué, cómo, cuándo,
comprentender algo de tanto, algo de todo, algo de algo.
Pasó una ambulancia jineteada por un dolor ajeno,
y compartí el descubrimiento
con ella y con el canillita y con el ciego y con la que vende lotería
y con el nenebobo de encallecidos padres a babor y estribor.
Algo para el gurí que perdió el globo y para el chico del sillón de ruedas.
Poquito a la pareja que se estaba besando,
pues ya había muy de más, por ahí.
Sobre los cochecitos de brotes malcriados, gotitas, nada más.
Un guiño para el viejo
que sembraba en los jóvenes memorias maduradas.
Y así.
Colgué de un campanario unos trozos, para que las campanas
lo esparcieran por viento, calma, solana, lluvia, a la hora exacta.
Muy pronto,
ya había compartido, totalmente,
el misterio de Dios.
Y entonces:
lo comprendí y lo entendí.
Todo.
Horacio Rossi -Argentino-
Publicado en el blog inventivasocial
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Hace 1 hora
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