miércoles, 4 de abril de 2018

EL LABERINTO


Todos querían entrar en el Laberinto. En aquel país de sombras, nadie parecía nacer para otra cosa. Con el tiempo, sus habitantes adquirían una expresión de hombres perdidos y desorientados y, muchos, acababan cayendo en la locura de la confusión. Los pocos que conseguían encontrar la salida, no volvían para enseñar a los otros el camino. Quienes no se arriesgaron nunca a pasar, vivían en la entrada, se ganaban la vida dando consejos y vendiendo brújulas. Nunca hubo revueltas sociales ni conflictos de ningún tipo. El único desvelo de la gran mayoría de la población era pasar el Laberinto y encontrar su salida. En ello dejaban sus vidas y sus esfuerzos. Cada día se perdían por sus calles y resucitaban esperanzas y anhelos. En vano esquivaban los cuerpos de los otros, en vano seguían a profetas y guías. Todos terminaban encontrándose alguna vez y la única mirada que se cruzaban era siempre de desconfianza. En el Laberinto todo era circunstancial y transitorio. Todo, hasta la muerte.

ISIDORO IRROCA

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