Todos querían entrar en el Laberinto. En aquel país de sombras, nadie parecía nacer para otra cosa. Con el tiempo, sus habitantes adquirían una expresión de hombres perdidos y desorientados y, muchos, acababan cayendo en la locura de la confusión. Los pocos que conseguían encontrar la salida, no volvían para enseñar a los otros el camino. Quienes no se arriesgaron nunca a pasar, vivían en la entrada, se ganaban la vida dando consejos y vendiendo brújulas. Nunca hubo revueltas sociales ni conflictos de ningún tipo. El único desvelo de la gran mayoría de la población era pasar el Laberinto y encontrar su salida. En ello dejaban sus vidas y sus esfuerzos. Cada día se perdían por sus calles y resucitaban esperanzas y anhelos. En vano esquivaban los cuerpos de los otros, en vano seguían a profetas y guías. Todos terminaban encontrándose alguna vez y la única mirada que se cruzaban era siempre de desconfianza. En el Laberinto todo era circunstancial y transitorio. Todo, hasta la muerte.
ISIDORO IRROCA
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