Dejé sobre la mesa de luz
la fotografía amarilla y opaca
de alguien que no me recuerda.
Dejé, olvidado entre mis sueños,
el rostro de una mujer amada.
Sobre mi almohada dejé acurrucados,
la soledad y el desamparo.
Me quité el viejo vestido
que cubría mi cuerpo oxidado.
No quise mirar detrás del espejo
por miedo a encontrar a un extraño.
Entre las paredes agrietadas
dejé un silencio sordo, a oscuras.
Pude percibir, a lo lejos,
el ruido incesante de la ciudad;
el sudor frío de mis manos
reveló antiguos miedos ocultos.
Sin mirar hacia atrás, cerré la puerta
y dejé ese abismo, todavía vivo.
En la intemperie de la noche,
me sorprendió el latido esperanzado
de un corazón vacío.
En alguna esquina iluminada,
sé que paciente me espera,
otra vez, el amor.
CARLOS JULIO ALTAMIRANO
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