domingo, 17 de junio de 2018

TRES SONETOS A MI PADRE


I

Papá, ¿por cuántas veces nos mudamos?
No sé cuál es la casa de mi infancia.
Aquellos años fueron trashumancia,
escenas familiares que dejamos

en grandes y vetustas estaciones
de trenes a que tú nos trasladabas.
De pronto, nuestros bártulos montabas
en un vagón destino a otras regiones.

Mi adulto trata de reconstruir
recuerdos que perdieron lucidez:
el grillo, la jutía, la yaguasa.

Papá, gracias por tanto ir y venir;
yo busco en cada casa mi niñez,
pero mi infancia es una sola casa.

II

¡Papá, de qué manera te nos fuiste
aquella noche aciaga de febrero!
¡Papá, como un resorte te rompiste
para quedártenos reloj entero!

¡Es tal mi propensión por adherirme
a verte sudoroso de guataca,
feliz al ordeñar aquella vaca,
que me has dejado el gozo de vivirme!

Papá, tú que sabías el misterio
de sentirte contento en tu lechuga,
en la abundancia que arrancaste al cielo,

dame un poquito de tu ministerio.
¡Lo necesito como quien conjuga
el verbo enorme de sentirse abuelo!

III

Un niño espera en la estación de trenes,
pero a nadie le dice a quién espera.
No se pregunta. Vive la certera
ilusión de llegada en los andenes.

Un hombre espera trenes en un banco
y puede no saber si espera un viaje
al centro de su vida. El equipaje
es un adiós, es un pañuelo blanco.

Un viejo ya no espera, sólo aguarda.
Él sabe que ya nada, que ninguno,
que ya no quedan trenes en horario.

Y la estación es una mole parda
donde más nada se pregunta uno.
¡Mi padre era empleado ferroviario!

Jorge García de la Fe

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