Era la música que se desprendía, como una cortina de viento, la que inundaba las calles y las plazas y la que producía aquel estado de moderación en los habitantes. Caían en un letargo delicioso, en un sentimiento pacificador y amigable, lejos del más mínimo ánimo de conflicto o violencia. Se felicitaban por ello las autoridades y el equipo de neurólogos y músicos que habían investigado sobre la actividad oscilatoria neuronal con el objetivo de, a través de una determinada música, provocar ondas theta y alfa en el cerebro para conseguir ciudadanos calmosos y tranquilos. Lo habían conseguido, tras años de investigación, dejando atrás de forma definitiva el uso de drogas y fármacos y sus arriesgados efectos secundarios. Al fin, después de numerosas pruebas, se podía afirmar que se había alcanzado el mundo feliz tan anhelado por la clase dirigente. No sospechaban, en ese momento, que una revolución se venía gestando por parte de todas las personas sordas del país.
Isidoro Irroca
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