Paseo, impasible el estío tiñe de calor la senda,
ando por arroyos indescifrables como la perenne
voluntad de añorar los infiernos, que fueron paraísos.
¡Mira! una Luna pintada en el muro de la soledad,
esa pared que se ha forjado al compás de mis espejismos.
De las lluvias tardías ha crecido el cañaveral en demasía,
como un tumor en el alma que se secará o nos secará,
será pasto vencido o vegetal que cubra lo que fuimos.
Noté, muy niño, la diferencia de mis ojos, mi extraña envoltura,
la volatilidad temible y noble de mis entrañas,
mi notable particularidad, aterradora; inconsolable
ya fue para siempre mi deambular, lleno de rastros equívocos,
de luces de un neón semi fundido en la espesa tiniebla,
de los antros oscuros donde mueren los ángeles caídos...
Paco José González Díaz
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