Aparecen de pronto en las ventanas
los puntos suspensivos de la lluvia.
Cruzan cuatro palomas,
ceniza volandera, el cuadro gris del cielo,
y enseguida se charolan los patios.
Urgentemente acude a su balcón
algún vecino
a cubrir con un plástico la ropa
que duerme allí aterida.
Mientras, ufano, muestra el tilo colosal
el brillo de sus ramas en invierno.
Y abajo, impasible al diluvio,
loco de amor, el molinillo rosa
piropea sin parar al viento.
Aquí está todo loco: las banderas,
por no ser menos, bailan
la huera música de la independencia.
Y yo, más loco aún, detrás de los cristales
trato de eternizar inútilmente
la mañana cautiva por la lluvia.
Esteban Conde Choya (Barcelona)
Publicado en la revista Aldaba 30
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