Llora aún su fuelle
nocturnos sollozos,
melancólicos rezongos
de la barra de la esquina,
del patio de la casa de la vieja,
del barrio del que no se fue
y que aún lo espera…
Del primer beso robado
en la parada de un tranvía.
Aún hoy su bandoneón guarda la queja
de la partida de Homero anticipada,
del Responso que parió sin compañía,
de Sur, de Garúa y de María;
y de aquel empedrado que lustró
a su paso bajo la luz mortecina.
Leandro Murciego
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