lunes, 26 de noviembre de 2018

EL CARRO


Queridos amigos: hasta hace unos años, pero no muchos más de la mitad de los que yo tengo ahora, en cada casa de Muelas de los Caballeros había un carro como el que aparece en la foto. A día de hoy, para ver uno de ellos hay que recurrir a Fernando Medrano, que vive en Benidorm, cerca de la casa de Manolo Escobar... ¿Será Manolo Escobar el que se ha llevado todos los carros de Muelas, como un día se llevó el corazón de algunos de sus habitantes?
   A mi padre, por ejemplo, le gustaba Manolo Escobar, no por el carro, naturalmente, ni tampoco por las rosas de su cortijo, sino porque le daba la impresión de que cantaba sin excesivos esfuerzos: vamos, que “no se cansaba”, para decirlo de la forma en que él lo diría. En el otro platillo de la balanza, podíamos poner a Dyango, del que algunos dicen que canta como si estuviera estreñido. Dicho sea con todos los respetos del mundo porque la verdad es que Dyango canta muy bien. Me refiero solo a ese modo suyo de empujar hacia el viento la música.
   Lo de mi hermano, que se llamaba Lisardo, era mucho más grave. Para él no había otro cantante en el mundo. Ni en el mundo había dinero para comprar los quereres ni para hacerle cambiar de opinión. Decías Manolo y los ojos se le volvían castañuelas. Decías Escobar y el aire se poblaba de murmullos y de canciones. Yo creo que hasta doblaban su rama los limoneros, y eso que, en Muelas, donde los árboles abundan, limoneros no había ninguno.
   Pero volviendo a los carros, por culpa de uno de ellos, pasé yo el miedo más grande que pueda pasar un niño en la vida. Atravesado en una pequeña ladera o pendiente de la cantera del Llojadal, donde había sido aparcado para cargar unas losas de pizarra, al tirar de él las vacas para devolverlo al camino, empezó a hundirse ostensiblemente una rueda, la cual se asentaba sobre cascotes. Al fondo había un precipicio al que parecía abocado sin remisión. Y si el carro se iba, detrás se iban las vacas. Pero a mi padre, consciente de la gravedad, no se le ocurrió otra cosa que ponerse a empujar con el hombro, justamente por donde el carro vencía. O sea, que podía haberse ido él también, como a mí se me iba en temblores el corazón.
   Finalmente, cuando el carro pudo salir del atolladero, los ojos se me ahogaron en un proceloso río de lágrimas. Y esto no es una metáfora hueca. ¿Tendré que decir que yo quería mucho a mi padre? Son muchos los años transcurridos desde el incidente, pero el recuerdo me sigue produciendo escalofríos. Naturalmente que quería mucho a mi padre.

Del libro La dimensión poética del mundo de Mariano Estrada

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