Escarbando en las autopistas que comunican a las edades de Nancy, ésas que se rellenan con fantasmas de escasa e incandescente luz. Encontraremos a una persona que se siente como un maniquí, de cabeza y cuerpo y sin las extremidades, una personificación con forma humana que sirve para mostrar o exhibir los fantasmas que la componen. Y que ella los compone en los inviernos dentro de tangos y baladas infinitas, cantadas a nadie y que se pierden en la hoguera de la chimenea, que los procesa y despide en forma de humo por arriba de su casa de piedra.
Unas palabras ocasionales intentan darle sentido en el infinito presente, que juntan una suma de fantasmas visitantes en un cubo donde se licúan las experiencias.
Nancy vaga por las autopistas, va y viene explorando con sus palabras hechas de la intensidad de las emociones. Confecciona un maniquí de palabras hechas canciones, completando sus extremidades para así aguantar tanta exposición a la realidad; y cada vez se acerca más al lugar de donde partió para procesarlo por vez primera y así con todo el resto de sus momentos aguardando que que algo se enamore de sus palabras y así dejar de ser humo en las alturas. Es una actividad que le encantaría poder hacer para exprimirlas y seguir con sus canciones para casi nadie, tangos para marear al tiempo y para ella misma y sus maniquís.
Miguel A. Ortega
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